26 Mar 2013

Semillas que viajan…

Por: Jorge Ventocilla

A finales de los años ’80 del siglo pasado y bajo dirección de Guillermo “Billy” Cohen, formamos la “Asociación Ecológica Vagos de Playa”. Lindo nombre, ¿verdad? Hasta boletín teníamos: “El Céfiro Vagoroso”, escrito a máquina, el cual, a manera de subtitulo, lucía el mandato de la asociación: “Tampoco la felicidad es una obligación”, frase de una novela de García Márquez. Nuestro interés era promover la justa apreciación de ese mágico hilito de la geografía de la Pachamama, donde el mar se une con las bastas de la tierra.

Billy era el V.P. (vago de playa) 001, su hija Eréndira la V.P 002, su servidor el V.P. 003, y así. Cuando Rogelio Sinán quiso asociarse, pidió que de ser posible se le asigne el “V.P. 007”. Lo hicimos, convencidos de que a los poetas hay que hacerles caso. Organizábamos algunas excursiones y un día fuimos a la isla de Barro Colorado. De eso quedan unas fotos muy buenas del maestro Sinán en el antiguo Centro de Visitantes, donde dedicó un ejemplar de “La isla mágica” a Barro Colorado.

Recuerdo estas anécdotas ahora que escribo sobre las semillas y frutas que viajando por la mar llegan a costas lejanas. Y todo esto, a fin de cuentas, porque en casa conseguimos una guía para identificarlas (“World Guide to Tropical Drift Seeds and Fruits”, de Charles R. Gunn y colaboradores). Andamos ahora con el monotema y lo primero que hacemos al llegar a cualquier playa, es remover la línea de palos y material vegetal que dejan las mareas, para buscar “semillas viajeras”.

Ellas han capturado la imaginación del ser humano desde tiempos remotos. Los navegantes las usaban como indicador de tierra tras el horizonte; otros las consideraban “regalos de dioses”, a ser usados en tiempos de necesidad o mala racha (he visto que buhoneros de Calidonia aún las venden con este fin). También se han utilizado como adorno o elementos de joyería.

Las semillas que pueden viajar lejos no son muchas: los entendidos calculan que en los trópicos son menos de un 1% las especies vegetales que producen semillas o frutas, con capacidad de flotar en el mar por más de un mes. El tema es sencillo para aquellas que provienen de vegetación cercana a la orilla, pero otra es la historia para las que provienen de muy lejos, tierra adentro.

El colega botánico Rolando Pérez, quien ayudó a identificar las semillas que aquí muestro, me contó que una vez le trajeron de la misma playa de la Calzada de Amador donde yo las colecté, una semilla de Calatola costarricensis, árbol que solamente crece en selvas muy húmedas de la vertiente del Caribe – en Panamá esto sería arriba del Chagres. “¿Cómo llegó hasta la playa del Pacífico?” todavía se pregunta Rolando. “¿Habrá bajado flotando en el río Chagres hasta el Canal y luego habrá pasado las dos esclusas hasta el Pacífico? Con tiempo y resistencia, teóricamente es posible”, me dijo Rolando.

Dicen que el mayor gozo de un coleccionista viene de descubrir semillas tropicales en playas de zonas templadas, a cientos o miles de kilómetros del lugar donde crecen las plantas progenitoras. En el mundo se reconocen dos grandes centros de origen de “sea-beans”. El primero es las islas de Indonesia y el otro las Indias Occidentales del Caribe. Algunas playas de zonas templadas son reconocidas por recibir cantidades de semillas tropicales; otras solo las reciben ocasionalmente y a otras nunca llegan. Depende en gran medida de las corrientes marinas. Montadas en el vaivén de la Corriente del Golfo ¡llegan semillas y frutas del Caribe hasta Islandia, Francia e Irlanda!

Conozco un solo libro que trata del tema para Panamá, “The Botany of San Jose Island”, escrito por I. M. Johnston y publicado en 1949. Contiene una sección dedicada a frutas y semillas que llegan a las costas de la isla de San José, algunas ilustradas. Johnston hizo el inventario botánico cuando San José fue área de pruebas de los “Chemical Corps” de la armada estadounidense, durante la segunda guerra mundial. Por dicha, ya los militares foráneos dejaron en paz a esta isla nacional.

Por supuesto que ciudad de Panamá, vecina al mar, también recibe a las viajeras. Fui al Centro de Exhibiciones Marinas, importante lugar de educación ambiental marina que el Smithsonian administra en Punta Culebra, en la Calzada de Amador. Y en la “Playa de los Cangrejos” recogí algunas semillas que aquí comparto con ustedes (siga la numeración en la foto):

1) Semilla de cativo (Prioria copaifera), árbol maderable que crece en terrenos inundables y márgenes de ríos. Hay cativos en bosques cercanos a la ciudad y en grandes rodales en la desembocadura de ríos del Darién. También hay un rodal pequeño al sur de Coiba. 2) Semilla de palma del genero Bactris, pariente del Pixbae. 3) Calophyllum inophyllum, árbol relativamente común en el país, con fragantes racimos de flores blancas; es pariente del árbol “maría” (de muy buena madera). 4) Semillas de Jobo (Spondias bombin), fruta silvestre bastante conocida. 5) Pterocarpus officinalis, árbol de la familia de las leguminosas, de hasta 25 m de alto. Crece en zonas inundables. 6) Espavé (Anacardium excelsum), uno de los árboles más abundantes en el área del Canal y en general en el Pacífico del país. 7) Dos semillas conocidas como “ojo de venado” (Mucuna sp), cuya planta progenitora es un bejuco. Son de las que venden en Calidonia, “para la buena suerte”. Existen tres especies en América, fawcetti, sloanei y urens, y otras tres en las islas de Cantón. Se sabe que vía la Corriente del Golfo semillas como éstas llegan, aún viables, al norte de Europa. 8) Semillas de mangle blanco, y 9) Semillas de mangle rojo.