11 Abr 2017

Saludos de la Luna a la Tierra, en su día.

La Luna
 
La luna se puede tomar a cucharadas
o como cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia a los que se han intoxicado
de filosofía.
 
Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama
para ser rico sin que nadie lo sepa
y para alejar a los médicos y a las clínicas.
 
Jaime Sabines
 
Es hermosa y hasta requetelinda cuando está llena. Pero la Luna, según nos cuentan los astronautas (…que extrañamente no han vuelto a interesarse en ella tras diez misiones espaciales), no tiene a nadie que la camine, y ni a una plantita -¡una sola! - que crezca entre sus cráteres. Lástima que no tenga vida la Luna.
 
Y ella no podría vivir sin la Tierra: perdería su órbita y se mandaría mudar quien sabe adónde. Así también, la Tierra no sería la misma sin la Luna: sin ella en los altos cielos no tendríamos esas grandes mareas del mar Pacifico, ni flores blancas que únicamente se abren en plenilunio, ni locos alborotados, ni poetas ni poetizas. De no existir la Luna se escribiría mucho menos poesía en la Tierra y eso ya sería suficiente desgracia.
 
Suerte de la vida que los terrícolas contemos con ambas, Luna y Tierra, separadas por 384,400 kilómetros pero viajando juntas siempre.
 
Y en medio de todo esto, me parece que nos falta es un Día de la Luna.
 
Aquí en la Tierra y en este paisito que queremos tanto, vive un ave que por la coloración de su plumaje recuerda a la Luna. Permítanme hacer un entremés y hablar de la especie, aun sabiendo que el tema que hoy estoy tratando es el Día de la Tierra. Pero es que todavía en este mes de abril se le puede ver y bien vale destacar su presencia.
 
Se trata de la Tijereta Sabanera (Tyrannus sabana). En la ciudad de Panamá su número fluctúa durante el año, siendo más comunes a partir de octubre. Probablemente parte de las que vemos son ejemplares de razas geográficas migratorias que vienen de Centro o Sur América.
 
Tijereta Sabanera. (foto por: Marco Milanesio CC BY-NC-ND 2.0)
 
Su coloración es de claros contrastes entre el blanco y el negro. Tiene la espalda gris oscuro, el pecho blanco, cabeza y cola negras; las plumas exteriores de la cola muy largas y en forma de tijeras. Macho y hembra son de apariencia similar pero la hembra tiene la cola un poco más corta. La longitud total del macho desde la cabeza hasta el extremo de la cola va de 33 a 41 centímetros (la hembra: 27-32 cm).  Los juveniles tienen la cola corta.
 
Es un  espectáculo verla volar maniobrando su larga cola, especialmente cuando están en reproducción y los machos cortejan a las hembras. Gusta de posarse en áreas abiertas y a  poca altura, para de ahí saltar y atrapar insectos al vuelo. Aunque no se parezcan mucho, es de la misma familia que los pechiamarillos.
 
A veces dejan caer al insecto al suelo y lo recogen enseguida. También se alimentan de los frutos de las palmas reales. Durante el día se les ve en pequeños grupos o a un macho volando entre sitios un poco más alto de lo normal.  Al atardecer se reúnen en grandes bandadas para dormir en un árbol de follaje espeso, si bien esto se observa más en los campos del interior.
 
Volvamos al tema central: el Día de la Tierra (22 de abril). Llevamos ya 47 años celebrándolo y así como sucede con el día de las madres, al planeta que nos alberga y sustenta habría que celebrarlo cada mañana al despertar.
 
Y de una vez por todas dejar de creernos que somos los humanos los que vamos a salvar a la Tierra, cuando parece que ni a nosotros mismos podemos salvar. “A la Tierra hay que respetarla, antes que intentar salvarla” dijo alguna vez un dirigente indígena del Brasil cuyo nombre hoy se me escapa. Y no nos olvidemos: respeto implica comprensión, humildad, sabiduría. De ahí también el enorme valor que significa tener un Museo de la Biodiversidad.
 
Hoy, la principal amenaza económica a la Humanidad consiste en nuestra incapacidad para asignar valor a la naturaleza.
 
Valorar la naturaleza implica que debemos aceptar alejarnos del dominio de la economía. Ingresamos al dominio de la ética, la inclusión y la justicia.
 
Foto tomada desde el Apollo 17 en 1972
 
Necesitamos establecer límites planetarios para el desarrollo económico mundial. Esto requiere liderazgo político. El mercado no puede hacerlo por sí solo. Hasta ahora la riqueza económica en el mundo es obtenida mediante subsidios insostenibles del planeta; [y] la mayor parte del costo de estos subsidios es asumida por otros, en general las comunidades más pobres.
 
En nuestro sistema económico actual somos incapaces de incorporar riesgos y valores de largo plazo.
 
Los cuatro últimos párrafos no los escribe su servidor (aunque los comparto plenamente). Son copia textual de lo manifestado a principios de este año por el Dr. Johann Rockström, Director Ejecutivo del Stockholm Resilience Centre, de la Universidad de Estocolmo. Es hora de prestar atención, respetar y tomar acción.