16 Oct 2016

¡No toques!

 

 

El autor presenta a la familia el árbol de morera de su infancia en Barranco Lima-Perú (Foto de Tato Ventocilla) 

 

[[O sobre cuán valioso es permitir e incluso propiciar que las personas chiquitas expresen su innata curiosidad por gusarapos, luciérnagas, mariposas, escarabajos y demás seres animados, que para eso vivimos en el trópico multidiverso y no en un - con todo respeto a dicho ecosistema - desierto casi despoblado de bichos ]

Por Jorge Ventocilla

¿Qué planeta vamos a dejar a nuestros hijos?
¿Qué hijos vamos a dejar a nuestro planeta?
Pierre Rabhi

En octubre el Biomuseo celebra el Mes de los Bichos. Va aquí mi aporte, muy apuntalado por reflexiones de personas amigas. Es mi parecer que siendo niños -en términos generales, hay excepciones- los seres humanos tenemos una curiosidad natural, innata, por los bichitos y todo el mundo natural, incluyendo el reino vegetal.

Sé bien que para algunas personas el tema no tiene discusión: “Mi hijo no agarra nada que tenga patas, y en la casa solo entra el perro, si acaso.” Bajo un argumento de protegerlos y seguramente como reflejo de nuestros propios miedos aprendidos, a veces se reprime a los niños: ¡No toques! les repetimos casi constantemente, consiguiendo, quizás sin querer queriendo, que crezcan lejanos y temerosos del mundo natural. 

Cuando esta curiosidad es aceptada y propiciada por los adultos (por los padres, pero no únicamente ellos, cómo veremos más adelante), bien puede dar pie a una relación cercana, consciente y provechosa con Natura.

 

Fui niño hace mucho. Lo sigo siendo un poquito, muy dentro. Y el mundo, ¡el mundo estaba puesto para que yo me sirviese! Los sapos del jardín de mis vecinos, las palomas que criaba en el techo, las lagartijas del malecón y el árbol de morera que todavía existe, todos eran mi vínculo urbano cotidiano con doña Natura. Una vez al año se hacia un paseo al campo en mi colegio; perdérselo por mal comportamiento, estar enfermo o lo que fuera, era una catástrofe. Luego estaban las excursiones a las zonas rurales en las afueras de la ciudad; viajes de uno o de varios días que afortunadamente se repetían en fines de semana o en las vacaciones escolares. 

Creo que me hubiera perdido de mucho si hubiera crecido sin bichos, de la ciudad y del campo. Por suerte esos otros habitantes existían y no recuerdo se me haya prohibido relacionarme con ellos. Pero los tiempos han cambio (aunque cosas buenas han llegado ¡cómo no!) ahora hay más del doble de población humana de la que existía cuando yo era niño, desde hace unos cuantos años, más de la mitad de toda esa gente habita en ciudades: somos más urbanos que rurales. 

¿Cuánta comunicación con la naturaleza tiene hoy el niño promedio? Esas experiencias de vida ¿son asunto importante a considerar por padres y educadores? Sin duda, son y siempre serán preguntas de inmenso valor.

 

Foto por Arvind grover (CC BY-SA 2.0)

 

He pedido a algunos adultos, que siguen siendo amigos de su entorno y de los bichos, que me cuenten de su infancia. La pregunta planteada ha sido más o menos así: ¿Cómo ha sido posible que mantengas interés por los bichos, cuando lo más común es que este se pierda terminada la infancia?

¿Sus respuestas? Muy interesantes y algunas incluso extensas: con ellas alcanza para dos Lunas. Comenzaré por Eyra Harbard, hoy en día abogada de profesión, trabaja en derechos humanos y políticas públicas para mujeres. Labora en el Instituto Nacional de la Mujer, pero sobre todo, Eyra es poeta y escribe versos de calidad y profundidad. Me dijo así: 

“Querido Jorge, leo tu mail con mucho gusto. Gracias por invitarme a participar en tus palabras. Nací en un lugar rodeado de mar y selva llamado Bocas del Toro. Me cuentan que de pequeña solía reunir en  un balde pequeños pececitos que luego liberaba de vuelta al mar, y que andaba merodeando el patio buscando frutas. Más grande, gracias a una tía querida, conocí el mundo de los escarabajos y el intercambio esencial que mantienen con las plantas, así como la poderosa presencia de las ranitas Dentrobates en el bosque. Esa relación con los mundos de agua y de tierra, que por supuesto involucra tocar especies que tienen vida o ver crecer lentamente una planta, convoca crecer sabiendo que todo está vivo y que por muy diferentes que sean esas especies físicamente con la nuestra, somos íntimamente del mismo tronco, de la misma naturaleza […] De no haber sido por ese contacto cercano con el mundo de los bichos yo sería un "bicho raro" (y una humana insuficiente) que desconocería que más allá de la realidad cotidiana con las cosas y artefactos, la existencia toda es un diálogo entre el fuego, el agua, el aire, la tierra, los bichos, los animales y las plantas. Es la curiosidad por ese entorno, el asombro por ello, la amistad con todas las formas de existencia, la que construye la relación con la vida en el planeta.

Toca a los adultos de ahora dejar que a los niños los toque la lluvia, que cierren los ojos para percibir el sol o la brisa, que acaricien la piel de la tierra y que se asombren con el desarrollo de la vida de los bichos. Esa es la clave de la libertad personal y de la armonía con el mundo,  la verdadera construcción de la paz.

Aparte de ello, Jorge, jamás olvidaré ver a tu niña cargando un sapo enorme, a quien tenía como amigo, y llevarlo a su habitación en Gamboa. Ha sido una de las imágenes más impactantes que he tenido de esta experiencia de relación con la vida natural. ¡Hermoso!”

¿Qué puedo agregar a sus palabras? Nada. Quizás que los amigos sirven también para mantener los buenos recuerdos: yo había olvidado ese lindo detalle de nuestra hija y su amigo anfibio.

¿Quién de niño en Panamá no ha jugado con los pequeños “cráteres” que para capturar su almuerzo construye el “torito”, la larva de la hormiga león? ¿Quién no guardó luciérnagas en un frasco para verlas brillar de noche? ¿Y hay alguien – de cualquier edad – a quién no le han picado las hormigas candelillas?

 

Foto por Brian Gratwicke (CC BY-SA 2.0) 

Francisco Herrera, reconocido antropólogo e historiador nacional, vivió en sitios urbanos como Panamá y Colón, y otros suburbanos en su tiempo como Río Abajo, Sabanitas y Chorrera. Recuerda así sus experiencias cuando la separación entre lo aceptable y lo no-aceptable de flora y fauna estaba muy clara. Hace énfasis además en diferencias de género en respuesta a esa imagen dicotómica de los bichos. 

“Viví en varios sitios, urbanos y suburbanos. También en casa de madera, grande, con patio grande. En distintos momentos muchos animales estuvieron cerca, como si fuera el arca de Noé: pericos, loros, algún venado, un chivo, perros, gato, palomas. En una de las casas había muchos árboles: mangos, marañón curazao, palmas de coco, de pibae, mamey… patio que yo tenía que limpiar de hojas y hierbas. Sin duda eso me ayudo a mantener la curiosidad por todo.

Absorbí lo malo y lo bueno de la cultura urbana frente a los bichos. Es decir, el mundo civilizado debía ser impoluto mientras que los bichos representaban lo malo, lo feo, lo negativo. Esta imagen dicotómica, maniquea, es lo que nos hace pensar en los bichos como representación de lo peor.  Mi suegra a pesar de haberse criado en el campo, tenia terror a las arañas; mi esposa a las cucarachas. Hay mujeres que no pueden ver una lagartija. Creo que en ese sentido las mujeres son instruidas más fuertemente en ese mundo de opuestos, con respecto a los bichos. Especialmente en una época en que la educación de salud hizo énfasis en esos aspectos, por ser algunas especies fuentes de enfermedades”.

Los recuerdos de Karen Avila, muestran que se puede educar acompañando, y que los abuelos pueden ser parte del personal docente que enseña a distinguir entre los bichos de cuidado y los inofensivos, sin necesidad de reprimir la curiosidad. 

“Mis padres y abuelos siempre respetaron mi curiosidad y de hecho me facilitaron acercarme más a estas criaturas cuando me regalaron pinzas, tubos de ensayo y una lupa. No recuerdo que me hayan regañado o dicho un rotundo ¡No toques! Al contrario, ellos estaban a mi lado, vigilantes, mientras me aventuraba en el patio trasero de la casa de la abuela. Luego aprendí qué clase de hormigas era inofensivas; también que me debía alejar del "congo" porqué me podían picar, y que si me quedaba quieta podía intentar agarrar a las libélulas para luego liberarlas….” Karen cumple hoy una importante misión a favor de la educación ambiental panameña.

Desde su posición de directora ejecutiva de la Fundación Avifauna Eugene Eisenmann, 

juntando información tanto científica como popular sobre las plantas y animales con quienes se comparte el espacio urbano, se puede hacer docencia ambiental significativa,  para así ir logrando que la diversidad biológica nacional sea tomada en cuenta, valorada y eventualmente cuidada, por ciudadanos conscientes que la sienten suya. Lo que no excluye conocer y controlar a las especies nocivas. Por aquí va también el valioso rol que cumple el Biomuseo.

Seguiremos con los bichos en la luna de noviembre. Hasta pronto.