9 Mayo 2017

Biodiversidad urbana: ¿Cómo quererte más?

Por Jorge Ventocilla
 
“Una ciudad se salva tanto por sus hombres dignos
como por los bosques y pantanos que la rodean”  
- Thoreau: Caminar
 
Tierrerita (Columbina talpacoti) - Foto por: Elpidio González
En repetidas ocasiones hemos oído decir que nuestra ciudad capital, a pesar de los pesares, contiene una diversidad biológica poco común. Tengo algunas reflexiones sobre el tema, en especial sobre cómo lograr que esa diversidad sea valorada.
 
Para mí, diversidad biológica urbana no es solo la “silvestre” sino también la que usamos, comemos y demás. Esa diversidad va entonces desde las dos especies de primates que persisten en el cerro Ancón, el mono tití y el jujuná o mono nocturno, hasta el arroz nuestro de cada día. No olvido que entre tanto también está lo que nos afecta y hay que controlar, como los mosquitos y las enfermedades que transmiten, pero aquí nos referiremos a la biodiversidad que trae bienestar.
 
¿Qué tiene esta ciudad que la hace biológicamente tan rica? Por un lado están los cuerpos de agua salada y dulce: el cercano océano Pacífico y los lagos del Canal, sin olvidar ríos y quebradas. Sí, ya se que el pobre Matasnillo a veces parece una cloaca, pero no nos vamos a olvidar del trabajo que se ha hecho por controlar su uso como tal, ni la mejoría en el estado de la bahía.
 
Por otro lado - y esto en particular es muy de ésta ciudad -, tenemos la presencia de selvas aledañas, protegidas, por suerte y visión, desde las décadas de los 80 y 90. De no haber sido protegidas, hoy la hubieran tenido bien difícil ante el asalto de los “enfermitos”, como les llama el Papa Francisco a los usureros y acumuladores de tierras y billetes.
 
Por una serie de razones históricas que van desde estrategias militares de defensa hasta protección de la cuenca hidrográfica canalera, y en las ultimas décadas por la creciente conciencia ciudadana, buena parte de esas selvas todavía están y como propiedad colectiva: Parque Natural Metropolitano, Parques Nacionales Soberanía, Camino de Cruces…
 
Valga mencionar el historial de investigación científica que también distingue al país. Cerca de la ciudad también se ha hecho ciencia. Se piensa en una serie de entidades: el Instituto Gorgas, el Smithsonian, la SENACYT y sus varias dependencias, el Summit en su momento, las universidades, etc. Solo al Smithsonian llegan hoy cada año más de mil “científicos visitantes”, locales y del exterior; algunos se quedan pocas semanas, otros varios años. El acervo de conocimientos, el historial de información sobre la naturaleza panameña debe ser, comparativamente, mayor al de cualquier país de la región.

¿No deberíamos tener un pueblo más informado y consciente de su biodiversidad?
 
Quizás se me va la mano, pero me atrevo a decir que una razón de diversidad biológica es la diversidad de gente que alberga y ha albergado históricamente nuestra ciudad. Basta con recordar que cuando se construía el Canal llegaron trabajadores de más de 80 países y algunos se quedaron. El istmo ha sido un puente humano, cultural, desde tiempos prehispánicos. Saberes, sabores, plantas y hasta condimentos han sido traídos por tal diversidad de personas.
 
Sí, una ciudad con mucha riqueza biológica. Pero nos pasa lo mismo que en tantas otras ciudades: vivimos alejados de la naturaleza. Ya no la vemos, ya no la conocemos. ¿Cuántos árboles sabían nombrar los padres o abuelos allá en el interior? ¿Cuántos pueden nombrar hoy día nuestros hijos en la capital?
 
¿Cómo lograr que se aprecie esta biodiversidad? Me parece que una buena estrategia es combinar información científica con información cultural;  y a manera de ejemplo volveré a mencionar el caso de la hierba limón. Bueno es que la gente sepa que la planta es de origen asiático, que hoy se la siembra por medio mundo, que su nombre en latín es Cymbopogon citratus… Pero, vieran qué buena es la reacción de la gente cuando les cuento lo que me contaron algunos amigos al preguntarles “¿Qué significa para ti la hierba limón?”  
 
Mirna Santana , botánica y guía naturalista en Barro Colorado, me dijo: “Cuando era muy niña, allá en Santa Rita de Antón, íbamos cada tarde con mis hermanas a casa de los abuelitos, a cinco minutos de nuestra casa. Mi abuelita nos daba galletas o pan con mantequilla, con té de limoncilla [otro nombre para esta planta]. Y el abuelo, sentado en su mecedora con nosotros alrededor, empezaba contando del “Tío Conejo”, el “Tío Tigre” y otros cuentos de duendes y brujas. La limoncilla es parte inseparable de esos recuerdos. Más tarde en Puerto Rico, donde hice la maestría, Benita, la señora que limpiaba la estación, plantó hierba de limón para que yo tuviera compañía.  Ella sabía que me gustaba mucho. Hay muchas cosas detrás de una hierba de limón”.
 
Hierba de limón - Foto por: Magalie L'Abbé (CC BY-NC 2.0)
 
Desde Azuero, el sociólogo Milciades Pinzón me escribió: “Esta planta está muy ligada a la cultura del panameño, en especial del interiorano. No sólo forma parte del entorno biológico, sino del social. La hierba de limón es el recuerdo de la abuela y la madre. Trae a la mente los velorios interioranos, con toda la emoción que ellos concitan en nuestra alma de dolientes… Creo que en esto de las plantas medicinales existe toda una cantera de emociones y un  mundo por descifrar que aún no ha sido suficientemente analizado”.
 
Cuando busquemos crear conciencia ciudadana sobre la diversidad biológica de la ciudad, consideremos juntar en el menú pedagógico información científica con información cultural. Así la gente siente que lo aprendido es doblemente de ellos, y la información les va también al corazón. Valoramos y cuidamos más que nada aquello que tenemos en el  corazón.