8 Jun 2017

Áreas protegidas, comunidades respetadas.

Por Jorge Ventocilla

Era febrero de 1975 cuando mi padre nos llevó por primera vez donde sus amigos los kunas, en Ustupu. A Kuna Yala se le conocía como San Blas, kunas se escribía con “C”,  Eleodoro, mi padre, tenía 58 años y yo era un joven de 18 descubriendo recién el país donde había tenido la suerte de venir al mundo.

 Al entrar a la Onmaket Nega, la casa del congreso, mi padre anunció: “Aquí les traigo a mis hijos, para que aprendan de ustedes”. Luego y para deleite de todos comenzó a hablar en quechua, la lengua autóctona más usada en América y que aprendió siendo niño en Cajatambo, en la sierra del Perú.

 Poco antes, desde la avioneta que nos traía de Paitilla, veía asombrado las selvas primarias de la vertiente del Caribe. Y cuando descendíamos, allá abajo, ese mar celeste fulgurante, los inmensos cocales, los arrecifes coralinos… y los kunas remando hacia sus cultivos.

Mujeres y niñas kunas en la Comarca Madungandi. Foto por: Bill Threlkeld
 
 
La experiencia marcó mi vida y abrió nuevos rumbos. Cuánto aprendizaje vino después con los ngäbe, emberá, buglé y demás culturas del país. Permítanme narrar dos momentos, relevantes para lo que quiero plantear. Los coseché en Bayano, a tres horas de la capital.

 Manuel Jiménez proviene de una familia interiorana que llegó al Bayano en los ´70 cuando todo era selva y se construía la Hidroeléctrica Ascanio Villalaz. Hoy “Manolo” reside en la comunidad campesina de Loma Bonita, estuvo al frente del Comité de Agua y se siente orgulloso de haber sido guardabosque voluntario del INRENARE. Un día me lo encontré en la parada de la escuela de Loma Bonita donde yo esperaba el bus junto a un amigo kuna. El hombre me dijo, en tono casi de confesionario: “Si no hubiera sido por esta gente [los kunas como mi amigo pero también los emberá], ya por aquí en Bayano no quedarían montañas.”

 Jorge Martínez estudió cinematografía en Argentina y volviendo montó el proyecto “Cosmovisión” con el que ha llevado buen cine a poblados del interior. Una noche platicábamos en la comunidad emberá de Piriatí luego de proyectar documentales hechos por jóvenes indígenas y campesinos locales. No se me olvida lo que me dijo: “Los panameños tuvimos en la gesta por la recuperación de la soberanía en el Canal, un norte que nos unió a casi todos. Hoy necesitamos un nuevo norte. Y creo que éste bien puede ser el reconocer y poner en valor la  diversidad cultural que somos”

 Me siento muy cercano a las opiniones de Manolo y Jorge. Nuestro país es diverso, y valiosamente diverso; pero desconocemos que aquí diversidad cultural y diversidad biológica son interdependientes, la una no va sin la otra. Bastaría con ver el mapa de cobertura boscosa: donde están las poblaciones indígenas están los bosques remanentes. O poder entender los cantos ceremoniales de un sukia ngäbe, o un jaibaná emberá. O ser testigos de la persistencia en la lucha por la tierra de los siete pueblos originarios panameños.

Celebración en la Comarca Ngäbe-Buglé. Foto: Proyecto Agroforestal Ngäbe

 “Un indio sin tierra es un indio muerto”, nos dijo hace muchos años el cacique Leonidas Valdez. Me sorprendió la fuerza de sus palabras pero hoy las entiendo plenamente. Por razones así un amigo que revisó este artículo me insistió: “Tienes que decir que ellos - el otro despreciado desde la conquista - ven a la naturaleza como un sujeto vivo, como la Madre”

 Lograr la legalización colectiva de los territorios (ojo: no individual) requiere de un proceso largo, sostenido y comparativamente muy costoso. ¿Cuántos de nosotros sabemos en la ciudad que hay comunidades – aquí cerca, en Bayano - que llevan hasta cuatro décadas en el tema y sin resultados? Majé Emberá Drua se llama uno de esos territorios.

 Cuando los noticieros señalan que se deforestan y queman las selvas del Darién, anuncian que se hace humo la diversidad biológica y también la cultural.

 Los interesados en la conservación de bosques, sea MiAmbiente, sean ciudadanos, deberían dialogar más con los indígenas. “Áreas protegidas” es un concepto que necesita discutirse y enriquecerse, porque no se puede seguir pensando que solo está protegido lo que no tiene gente dentro. La presencia de personas adecuadas puede ser  garantía de protección.

 Lo sabemos: el nuestro no es un mundo de ángeles. ¿Pero qué pasa cuando se niegan títulos colectivos a quienes siempre han estado ahí, mientras que por otro lado no se logra controlar la invasión de los que vienen empujados (o son su vanguardia económica y política), por un estilo de desarrollo que lo que busca es, a fin de cuentas, la mayor ganancia individual al menor tiempo posible y sin pagar los platos rotos?

 Sin cuestionar ese “orden” insostenible, vamos al despeñadero. Y escritos como este sobran.

 

En Panamá, técnicos indígenas se capacitan en uso de drones para el monitoreo de sus territorios. Esto se realiza con apoyo de la FAO a través del Programa ONU-REDD, en alianza con Rainforest Foundation-US, y en conjunto con la Coordinadora de Pueblos Indígenas (COONAPIP) y los congresos y consejos tradicionales. Foto: Lic. Tamara Hernández, FAO Panamá.

Claro que se necesitan reglas de juego respetadas. Y monitoreo. Y manejo compartido de los espacios silvestres con responsabilidades para el Estado y para las comunidades que las habitan. ¿No nos debemos la oportunidad de demostrar que no por gusto ni por causalidad, la diversidad cultural y la biodiversidad se dan la mano en el istmo?

 ¡Qué bueno sería volver a encontrarme con Manolo y Jorge – y también con el cacique Leonidas y con Eleodoro, que ya fueron “sembrados” – y escuchar sus opiniones! Enriquecerían el diálogo respetuoso y justo que hace falta para seguir siendo un país diverso. Un país donde la diversidad biológica y cultural sea asumida no como obstáculo ni como atraso, sino como lo que es: una riqueza de oportunidades.